«El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes sino en adquirir nuevos ojos», Marcel Proust.

Desde la condición de observadora que ofrecen los márgenes del viaje trato de narrar lo propio, lo vivido. Trato de soltar la mano y plasmar esas historias que no son más que una versión de ellas mismas, en las que nos convertimos en personajes de una obra que elaboramos a partir de fragmentos que componen el singular mosaico perceptivo del viaje.

Un ejercicio donde evocar, reflexionar e interpretar lo acontecido y que posibilita que nuestra experiencia no quede circunscripta a los muros de la reminiscencia. Y es que «cuando alguien realiza un viaje, puede contar algo», reza el dicho popular. Una narración que describe y relata, pero que adquiere una mayor riqueza cuando explicamos y meditamos sobre ella.

Situados en la cúspide del viaje realizado, obtenemos la gratificante recompensa que imprime la facultad de intercambiar experiencias. La capacidad, sobre todo, de hacer de las experiencias un dominio compartible, desde la construcción de una voz enunciativa a la que tratamos de acicalar con altas cuotas de autenticidad. Con el objetivo, en definitiva, de entretener, de conmover y de horadar el alma del público viajero.